Como se apuntaba en el comentario anterior, Immanuel Kant no es futbolero (I), la elaboración del reglamento futbolístico con las condiciones básicas que ahora conocemos a partir de su directa vinculación con el Rugby, pretendía dotar al juego de personalidad, de deporte habría que hablar posteriormente, para diferenciarlo en una sociedad clasista como la del siglo XIX, dentro del falso amateurismo británico que inspiraba el nacimiento de la actividad física en otros sectores y actividades sociales más allá de lo militar y, al mismo tiempo, separar ambos, uno hacia el off-side, el proletariado y la cultura popular y otro hacia el balón a la mano y la burguesía acomodada.
Esa distinción se hace patente de forma inmediata convirtiéndose el rugby en solidario, de manera que cualquier jugador precisa de los demás para desarrollar sus cualidades. Además se afianzan valores como la amistad, la solidaridad, la iniciativa personal y el control de la violencia.

En contraposición el fútbol se revela individualista y cualquier jugador puede ganar un partido en una acción única y separada del resto de las de sus compañeros. Su normativa no trata de acomodarse al desarrollo del juego, sino que pretende reglamentarlo jurídicamente olvidando su origen, renunciando a evolucionar el fútbol por el fútbol y desbancando aquellos principios de conducta y comportamiento en aras de una especialización que ni parece técnica, porque no utiliza la metodología derivada del juego, ni parece autoritaria, porque no soluciona los problemas que plantea su aplicación en el propio campo.
Entre esos conflictos está el tiempo como elemento sustancial de un partido de fútbol, tanto en su aspecto formal y reglamentario, como en su vertiente de elemento para el desarrollo de la competición, ese tiempo que coincide con el filósofo prusiano en que no es un concepto extraído de alguna experiencia. Para medirlo se utiliza un reloj de muñeca que no se detiene cuando el balón está parado o fuera de los límites y que tampoco señala por si mismo cuánto hay que prolongarlo. Es el árbitro el que fija la duración total y lo hace sobre circunstancias sobrevenidas, sin calcular que se haya jugado, como consecuencia de la aplicación de un reglamento artificial y distante del espíritu y determinación de los escoceses de las tierras altas, cuarenta y cinco o cincuenta minutos sobre un total de noventa.

A lo mejor no son muchos los que otorgan máxima importancia al tiempo de juego y son más los que creen ineludible aplicar sanciones disciplinarias a diestro y siniestro, fijando limitaciones al color de los apósitos sobre las medias y los calentadores. A lo mejor son más lo que piensan que el fútbol es de pillos y que lo que sucede en el campo debe aceptarse sin más, por tratarse de repeticiones de hechos ya acontecidos o de comportamientos asimilados a la condición especial del futbolista.
¿Qué pasaría si al señalizarse los posibles veinte tiros directos de cualquier partido, el balón se pusiese en juego en uno o dos segundos, sin dar pié a retrasar voluntariamente el reinicio para que el equipo que ha cometido la infracción se sitúe en acción de defensa organizada? Alguna experiencia ha habido en campeonatos mundiales Sub-20 y, al parecer, con resultados no demasiado satisfactorios pero ¿para quién?


