Dice el Reglamento de Competición, resumidamente, que los partidos de fútbol se juegan en dos periodos de 45 minutos y que al final de cada uno de ellos el árbitro principal deberá, según su criterio, continuar para recuperar el tiempo perdido por sustituciones, lesión por parte de los árbitros, transporte de los jugadores fuera del terreno y cualquier otro motivo de fuerza mayor. Esto debería convertir al fútbol en un deporte de carácter continuo en el que prevalece y debe conservarse la acción del propio juego durante 90 minutos reales.
La utilización de estadísticas, aunque de forma no homogénea ni del todo protocolizada, si permite aproximar la certeza del tiempo en qué el balón se encuentra en movimiento o en condiciones de ser puesto en juego y, tanto para el fútbol profesional, como para el de aficionados o para el formativo, la realidad es palmaria: menos del 50% de la duración reglamentaria. De otra manera: solo se juegan 22,5 minutos en cada mitad del partido. Algo no va bien y la propia dinámica de la competición, su intensidad y grado de emotividad está dificultando el análisis sobre la correcta aplicación del ya repetido Reglamento.

Nuestro nunca del todo bien ponderado Inmanuel Kant introdujo una novedad en el modo de considerar al tiempo con carácter de absoluta independencia con respecto a las cosas que en él se localizan. Decía que para que los juicios sean posibles, el tiempo actúa bajo fundamento de objetividad. Eso se parece muy mucho a las tareas de los árbitros cuando deben fijar el comienzo, el intermedio y el final de los partidos de fútbol.
Recapitulando. De una parte la duración reglamentaria de 90 minutos exactos, de otra la duración real de unos 45 minutos y de otra la duración objetiva del árbitro de más de los 90 minutos medidos a reloj corrido; y cada una de ellas distinta de las demás. Pero una deducción es inmediata y lleva la conclusión de que la mitad del tiempo reglamentado no se juega al fútbol. Se para, se prepara, se discute, se abronca, se coloca la equipación, se busca al recogepelotas, se mira a la grada, se dan instrucciones, se vuelve a discutir, se cambia la posición del balón, se retrasa la entrega del balón al adversario, se aleja el balón y, al final, es otro jugador el que viene para reanudar el juego. Más o menos 15 segundos que, multiplicados por 30 faltas, por 20 saques de meta y por 20 saques de banda, resultan ser más de 33 minutos. Un tercio del tiempo reglamentado no se recupera para el desarrollo activo del juego.

Las alternativas parecen también bastante claras. O se modifica el reglamento y se adapta a nuevas exigencias, o se aplica el ahora disponible con medidas coercitivas y disciplinarias para que vayamos al campo o nos sentemos delante de la televisión a ver 90 minutos de fútbol. No la mitad, si con suerte el comportamiento de los deportistas y la circunstancias particulares, lo permiten.
En ese sentido convendría mirarse en el espejo de otros deportes, también de amplia implantación y práctica como el balonmano, el hockey patines, el hockey hierba, el waterpolo o el rugby, por citar algunos ejemplos.